jueves, 5 de abril de 2007

El hombre aparador

Del viaje a la capital...
Día uno: camino al zócalo, al museo del Estanquillo.

Todo lo que vende lo lleva pegado al cuerpo con cinta canela. El hombre aparador estaba parado sobre una jardinera de la estación del metro Pino Suárez, en la línea dos. Era mediodía y la gente caminaba rozándose, chocando, con la mirada clavada en el hueco de las escaleras que bajaban al metro, otros con paso torpe y acelerado querían llegar antes que cualquiera a la larga fila para tomar el “pecero”. La línea dos tenía un tramo en reparación, afuera en la explanada de la estación se saturó de tráfico peatonal.
Era la plaza de los ambulantes, como el hombre aparador: un chico de barba lampiña, piel tatemada por el sol, de cabello engomado puntas arriba y endurecido. Todo lo que vende lo lleva pegado con cinta canela; en el brazo derecho se sujetó una fila de lápices gordos para delinear los ojos; en la camiseta llevaba libros para colorear, marcadores, costureros portátiles; en el brazo izquierdo pilas, linternas, navajas… ¡Lo que guste, lléguele con confianza… piezas baratas, sólo pida y jale…!
El hombre aparador se perdía entre la marabunta ... la chica del puesto de frutas atravesó con un montón de medias rebanadas entre las manos, también el hombre de las paletas congeladas y enfiladas en una caja de cartón... los ruidos distraen... un moreno tilingo mascullaba en el micrófono ¡Todo a tres pesos, todo a tres pesos, la pieza que le guste, la que le agrade… sólo por tres pesos, buenas, bonitas y resistentes!. Adentro del bodegón sólo mujeres esculcaban entre las tinas de colores objetos chinos de plástico.
El hombre aparador se fue. En la explanada de la estación Pino Suárez olía a aceite quemado, era del comal donde una mujer freía unos apéndices de masa rellenos de frijoles.

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